solo queda la prosa, el texto que duele y con cuyo dolor se disfruta, el texto que mata
Pierre Michon

En una ocasión encontré comentado en un texto que uno de los alicientes determinantes para la escritura era la depresión. Páginas adelante o atrás del comentario, se construía la imagen de una persona recostada en el suelo de un cuarto electrificado. Se consideraba que esa persona restringiría toda capacidad para abstenerse de tocar el suelo después de ya algunos intentos sin éxito, pues las descargas no cesarían. Al contrario de todo eso, se recostaría y expondría una parte completamente mayor de su cuerpo.
       En atención a esta sentencia, pienso en Sebald, viajero, en derredor de los anillos de Saturno. En Michon y el cuerpo etéreo y el cuerpo andrajo del rey. En la psicosis paranoide de K. Dick. En la destreza incongruente de Canetti. En la sonata de los espectros y Swedenborg dirigiéndole los experimentos a Strindberg, refugiado y altanero. En la vocación literaria. En ese sentimiento de no presencia, de no pertenencia, de imposible participación fuera de la lengua. En ese quedar atrapado, incapacitado para declarar el malestar sin arrojarse de lleno a la descarga.

No hay comentarios:

Publicar un comentario