El oficio de permanecer acostado (como quien se siente acosado por una moledora sonrisa).

Una mano que imbrica códigos y sueña con un sentido, su sentido, y le plasma glorioso frente a sí. Mano sucia y flácida, inestable. Capaz de concentrar también, en su desparpajo, aquellos trazos que le escurren mientras, huraña, intenta cotejar la fuerza, esa fuerza, en palabras: código y honor que hereda a unos ojos incrédulos. Recurriendo sí, por qué no, a la ortografía, encerrándose en pocilgas húmedas donde ya las esporas le susurran un detalle en los labios, un proceder en la narración. Nadie que le crea cuerda se atrevería a tomarla y acompañarle dos pasos. Ella ha decidido y coopera consigo para no dejarse entregar. Nunca nadie creerá en ella justamente por el lugar que ha escogido como refugio, recostada a buena estima sobre un colchón pringoso cubierto con sabanas rojas llenas de anónimas manchas.

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